AL FINAL DEL VIAJE (2012)

  Yo lo animé.

  Una voz interior, turbadora y desgarrada, me obligaba a repetírmelo una y otra vez. Cruzaba mi aturdida cabeza rebotando de un lado a otro y de vez en cuando bajaba desgarrándome las entrañas hasta notar el amargor de la bilis cubriéndome la garganta. Me sentía ligeramente mareada, pesadas las piernas y con una flacidez extrema en los brazos recostados sobre mis muslos, inertes. Lo único que se debiera haber dormido, mi mente, permanecía con una actividad arrolladora, con miles de pensamientos colisionando frontalmente en su pugna por salir, por hacerse visibles en unas circunstancias en que no quería atenderlos. Pero no podía evitarlos.

  Miré a través del cristal. Los árboles avanzaban excesivamente lentos a pesar de la velocidad, tenía tiempo de contarlos, de observar con nitidez sus detalles perfilados. Me irritó el verdor de sus hojas, de sus ramas fuertes, llenas de vida, cobijando nidos de pájaros de incesante canto. Me irritó el brillar del sol, el color celeste de aquel cielo que invitaba a un sosiego que yo no tenía. Quería verlo todo gris, que nadie disfrutara de aquel abanico de tonalidades maravillosas si no podían ser compartidas por quien yo más amaba.

  Desvié la mirada apenas unos centímetros para fijarla en los números digitales del salpicadero del coche. Sobrepasábamos la velocidad permitida, pero a mí me parecía que rodáramos sobre un desierto de arena. Observé difuminado el cuerpo de mi marido, agarrado al volante y con la vista perdida en el asfalto, conduciendo como un autómata de manera instintiva, en silencio. Su rostro acartonado mantenía el rictus desde hacía horas. Cerré los ojos. No quería incitarlo a hablar, sólo quería hacerlo conmigo misma, dejar fluir lo que llevaba oprimiéndome la boca del estómago un tiempo que no fui capaz de calcular. No quería nacer. Marcos no quería nacer y yo insistí en su venida al mundo como si aquello no dependiera de la voluntad de dos, sino de la mía sólo. Tres amenazas de aborto. Una hemorragia interna. Y reposo. Absoluto reposo durante meses y meses para poderlo abrazar a pesar de todo y de él. Aquel sufrimiento le hizo adentrarse en la vida físicamente débil y así continuó los siguientes dos años. Ahora sé que no fueron muchos, pero supuso para mí un eternidad que dejó su impronta de miedo a perderlo y una necesidad de velar por él absolutamente irracional.

  Manuel desplazó su mano y aferró la mía con fuerza sin mirarme, como si intuyera lo que estaba pensando. “No te culpes” –susurró. Sus ojos vidriosos me hicieron temblar y mi respiración comenzó a acelerarse. Aún faltaba camino por delante, demasiado. Demasiado espacio y demasiado tiempo, y los segundos pasados se iba clavando en mi ser como dardos afilados. “¡Para el coche!” –grité-. “¡Voy a vomitar!”.

  Subí de nuevo al auto henchida de angustia, aunque la tensión extrema a que estaba sometida parecía disipar la bruma excesiva que me había nublado la razón durante una década. Todo parecía ahora resurgir de una forma cristalina, clara, sencilla como nunca lo había visto, como jamás había podido interpretarlo. Me equivoqué. Fui yo la que me equivoqué. El carácter de Marcos, su timidez, su conducta retraída e insegura, la falta de socialización que tanto me habían advertido profesores y monitoras, su escasez de amigos… no fueron rasgos innatos, sino adquiridos, adquiridos dentro de la burbuja en la que yo lo encerré por mi profundo miedo a la vida, a que no supiera tratarlo con el respecto merecido. Me partía el alma verlo indefenso, sentirlo solo, incapaz de conseguir sus sueños por sí mismo y no disfrutarlos, vulnerable ante las adversidades sociales y culturales. Todo se lo di hecho, no lo dejé caer para que aprendiera de nuevo a levantarse, le arrebaté los recursos propios tan necesarios para vivir. Ahora lo sé. ¡Pero es que yo quería verlo feliz! ¡Me resultaba insoportable un mínimo sufrimiento haciendo mella en su corazón pequeño! ¿He sido una mala madre por ello? ¿Por protegerlo y amarlo hasta la saciedad?

  ¡Quería llegar, tenía que llegar! Había mirado el reloj incontables veces en los últimos quince minutos; las agujas parecían no tener prisa por avanzar. No había llamadas al móvil, ni mensajes. Nada. Silencio. Sólo silencio a excepción de los gritos de mi mente que no tenía manera de acallar. ¿Por qué accedí a que fuera? ¿Por qué no le impedí hacer esa excursión como tantas otras veces? Una vez más actué en contra de su voluntad. Él no quería ir, no quería despegarse de mí. Los consejos de mi marido, de mi familia, de su psicólogo infantil. Una presión inconmensurable me hizo ceder, pensar que tal vez podría estar equivocada en mi forma de educarlo. Tenía que relacionarse, solucionar sus problemas, tomar sus propias decisiones. Pero aquí estaba la primera consecuencia. El sonido de fondo de la llamada telefónica resurgió de nuevo en mi memora haciéndome estremecer de pánico, de dolor, de incertidumbre, de tensión, de impotencia, de incomprensión, de injusticia… Respiración agitada; palabras entrecortadas mencionado autobús, vuelco, colisión, accidente; sonidos de sirenas, de gritos contenidos de dolor y de horror; hierros retorcidos… Me estiré en el asiento intentado tomar aire, con gotas de sudor frío manando sobre mi frente y entre mis manos, cerradas con fuerza hasta clavarme las uñas sin sentirlas.

  Comencé a llorar. Me había dejado convencer y le había obligado a ir. ¡Yo le lancé a la muerte! Pero si no lo hubiera hecho, si lo hubiera mantenido junto a mí con el cordón umbilical uniéndonos a perpetuidad, también lo hubiera sumido en esa misma muerte, en su propia muerte en vida, sin dejarle disfrutar de su adolescencia después de haberle privado de los placeres de la niñez que reporta la curiosidad, el juego irracional, el experimento ignorante, las travesuras inocentes. Tenía la angustiosa sensación de no ser una buena madre, hiciera lo que hiciese. Sí, ahora lo sabía, tenía que haberme mantenido en ese término medio del que todo el mundo habla. Ni sobreprotegerlo ni abandonarlo a su propia suerte. Pero, ¿dónde está esa fina línea que nos marca el límite? No la veo, nunca la he visto. Es demasiado delgada para mis cortos sentidos, a veces se difumina y parece diluirse, otras tantas se desplaza aquí y allá, en función de mis propias circunstancias, de mi estado anímico, de mis miedos, y nadie se ocupa de fijarla con fuerza para ayudarme a no vulnerarla.

  Manuel encendió la radio y la noticia del accidente invadió los rincones del vehículo. Quería saber, pero no quería escuchar. Sentía pánico a lo que pudieran decir. Hablaban de muertos, de heridos. Una cosa u otra. ¿Podía elegir? ¿Qué querría Marcos? ¿Y yo? ¿Qué querría yo ahora que había tenido tiempo y la claridad mental suficiente para pensar? Verlo vivo, a costa de lo que fuera y de quien fuera.

  Los primeros edificios de la ciudad comenzaron a vislumbrarse al final de la recta que acabábamos de acometer. Vi una cruz verde en la cima de uno de ellos, como un reclamo certero hacia donde debíamos ir. Nos miramos. Tragué el nudo que me oprimía y me froté las manos hasta hacerme daño. Cualquier cosa podía pasar. Si estaba muerto no me lo perdonaría. Todo acabaría allí, no sabría cómo afrontar un solo día más en mi vida, no tendría sentido, ni razón para existir. Y si estaba vivo no sabría cómo actuar, cómo afrontar su futuro, qué decisiones tomar para hacerlo íntegro después de haber vuelto a nacer, ahora que la vida nos daba una segunda oportunidad para recomenzar.

  Se me nubló la vista a la entrada del hospital, enmudecí, sentía ausente el riego sanguíneo en todo mi cuerpo, se había agolpado en el corazón y sus latidos resonaban en mi cabeza como un redoble ensordecedor. Manuel tiró de mí hasta franquear la puerta de una habitación en penumbra entre cuyas sombras pude apreciar el rostro de mi hijo. Dormía. Lo abracé llorando amargamente, con mi cabeza recostada sobre su pecho. Abrió los ojos. Acaricié sus mejillas y me acerqué para oírlo respirar, lenta y acompasadamente. Sus facciones de adolescente fluyeron hasta hacerse visibles a mis ojos ciegos, que hasta entonces solo habían sabido apreciar los rasgos de una niñez que yo me empeñaba en perpetuar. Marcos entreabrió sus labios.

  – ¿Qué quieres, amor mío? – le pregunté en un susurro mirándolo a los ojos-.

  – Vivir, mamá. Ahora ya lo sé. Quiero vivir.

  Mis miedos, mis preguntas, mi incertidumbre… se esfumaron al instante. Subí la persiana para que el sol nos absorbiera por completo, para que los tonos de color maravillosos de los que había renegado antes bañaran la retina de mi hijo como un soplo de optimismo. Y abrí la ventana para que al aire nos acariciara, meciera nuestros cabellos y nos invitara a respirar hondo para afrontar el fascinante primer día de nuestra nueva y diferente vida.

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